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Los guardianes de las cumbres: Sarrios en el Valle de Chistau

Los guardianes de las cumbres: Sarrios en el Valle de Chistau

Enviado por Alfonso Mayoral el 11-10-2012

Para entender el significado de esta modalidad de caza no hay nada mejor que acudir a una máxima ya muy antigua, que de forma invariable afirma que “si la caza fuera sólo placer sería pecado, es la parte espinosa de su fruto, la que la purifica”.
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La montaña te exige hasta la última gota de tu sudor. Te ves inmerso en una eterna subida hasta llegar a cotas cercanas al cielo y resbalón tras resbalón, te planteas el por qué de tu visita a tan adversos parajes. Tus preguntas se solventan cuanto paras un segundo a descansar ante la falta de aire en tus maltrechos pulmones. Con solo una mirada a tu alrededor, la belleza del lugar te atrapa como si de una furtiva amante se tratase, su silencio te embriaga y te hace sentir un privilegiado por poder contemplar tremenda grandeza de la naturaleza. Tus esfuerzos merecieron la pena y tu estado de ánimo crece por segundos encontrando su cenit cuando, en lo alto de un promontorio pétreo que caprichosamente dibujó el creador, ves la poderosa y esbelta silueta del guardián de las cumbres.

Para entender el significado de esta modalidad de caza no hay nada mejor que acudir a una máxima ya muy antigua, que de forma invariable afirma que “si la caza fuera sólo placer sería pecado, es la parte espinosa de su fruto, la que la purifica”.

Planes imprevistos

Había comenzado el mes de octubre y como de costumbre, me encontraba inmerso en la temporada de caza donde los conejos, perdices y alguna pieza de caza mayor ocupaban mis escapadas cinegéticas. Después de un fin de semana repleto de lances en compañía de familia y amigos regresé a Majadahonda para iniciar la semana laboral. El domingo por la tarde, estando plácidamente tumbado en mi sillón en compañía de mi mujer, recibí una llamada de mi buen amigo Fernando. Imaginé entonces que, como hacíamos de costumbre, comentaríamos nuestras “vivencias montunas”.

Como a veces ocurre, la realidad difiere de la capacidad de tu imaginación y nuestra conversación, aunque relacionada con nuestra pasión venatoria, no tenía nada que ver con hazañas pasadas.

Con cierto tono provocador (en sentido cariñoso) me dijo que me iba a poner los dientes largos con una proposición deshonesta que me iba a costar rechazar. Yo mientras escuchaba atento a la par que una cierta curiosidad se hacía hueco en mí.

Una vez hecha esta atractiva entrada, me dijo que había conseguido unos precintos para sarrio a unos precios más que competitivos y con su sociedad de cazadores locales de plenas garantías en cuanto a su profesionalidad y compromiso.

Por un lado y de un plumazo, había destrozado mi calendario cinegético del año y, porque no decirlo, mi presupuesto ya que como todos sabéis, es un momento delicado del año debido a que se aproximaban las fiestas navideñas las cuales siempre, quieras o no y seas más o menos comedido, llevan aparejados unos gastos extraordinarios que debemos estudiar cuidadosamente. Le dije que haría las gestiones oportunas y que le llamaba a muy tardar el día siguiente.

Obviamente y después de hacer la consulta pertinente a mi señora esposa, le llamé a los diez minutos diciéndole que contara conmigo para esta oportunidad que nos brindaba el destino.

Ese gran desconocido

El rebeco ocupaba la península ibérica desde el periodo interglacial, existiendo presencia en yacimientos paleontológicos situados en las inmediaciones de la Sierra del Segura donde se han encontrado restos fósiles de más de cinco mil años de antigüedad. En años posteriores y, debido entre otros factores al cambio climático, la caza y la ganadería, se fue estableciendo en las zonas más abruptas de los macizos montañosos.

El rebeco pirenaico (Rupicapra pyrenaica), también conocido como sarrio o isardo, es un animal típico del piso subalpino que en la mayor parte de nuestras montañas fue deforestado por el hombre para ganar superficie de pastos. Habita en altitudes que abarcan desde los mil hasta los dos mil quinientos metros. Se encuentra distribuido prácticamente a lo largo de toda la cordillera pirenaica, fijando su límite oriental en el Valle del Tech (Francia) y el occidental en Larra (Navarra).

Sus poblaciones han fluctuado en las últimas décadas debido principalmente a enfermedades como la queratoconjuntivitis, neumonías y un nuevo agente patógeno denominado pestivirus. En la actualidad gozan de buena salud siendo constantes los estudios y controles realizados por la administración tanto de animales vivos como de los abatidos cinegéticamente.

Gusta de merodear entre el límite superior del bosque y los pastos supraforestales. Con la llegada de la primavera, a medida que se funde la nieve, los grupos de sarrios se desplazan progresivamente en altitud aprovechando la hierba tierna que brota entre las manchas de nieve.

En verano suele ocupar las máximas altitudes, generalmente por encima de la ubicación de los rebaños de ganado y a ser posible lejos de los puntos de interferencia humana. La proximidad a zonas de escape es un factor muy importante cuando se encuentra en espacios abiertos, por lo que a menudo se le observa cerca de roquedos.

En temporada otoñal, durante la época de celo, desciende en altitud y suele ocupar terrenos abiertos con pasto denso y siso, en donde la vigilancia y defensa de los harenes es más fácil. Será en esta época del año donde podamos disfrutar de encarnizados combates por controlar los grupos de hembras.

En invierno, con exposiciones sur, ocupa el límite superior del bosque, aprovechando el pasto aparentemente seco que aparece entre las manchas de nieve. En exposiciones norte, prefiere pendientes fuertes y rocosas donde se acumula poca nieve.

Si pretendemos acudir a la literatura cinegética para saber más acerca de esta fabulosa y poco común especie para el cazador extremeño, debemos señalar a Alfonso de Urquijo como primer exponente en el tiempo con su trabajada obra “El Pirineo y los Sarrios”. Décadas después, José Ramón de Camps Golobart ha ocupado con su pasional literatura un hueco que ha permanecido vacío de contenido durante años.

Un rincón del Pirineo aragonés lleno de encanto

El Valle de Chistau ocupa la cuenca del rio Cinqueta, afluente del Cinca, uno de los principales cursos fluviales de Aragón. Limita al norte con Francia, al oeste con el Valle de Bielsa, al este con el de Benasque y al sur con una parte de la Comarca de la Ribagorza, el Valle de Laspuña y el municipio de Tella-Sin.

Nuestro escenario conserva una arraigada tradición ganadera y así, fuera de los núcleos habitados, las borras y las cabañas se diseminan por los diferentes prados, confiriendo al paisaje un aspecto entrañable. Es reseñable el mantenimiento de una lengua propia ancestral, “el chistabín” y de diversas fiestas y ritos que han permanecido inalterables a lo largo de los siglos.

En nuestro caso, debido a la cercanía con los territorios de caza, nos alojamos en un acogedor hotel en el municipio de San Juan de Plan, el cual se encuentra situado en la margen derecha del rio Cinqueta. Sus casas se descuelgan a lo largo de una abrupta pendiente por lo que entre las partes altas y bajas del pueblo, los desniveles sobrepasan los cien metros. Junto a este, se sitúa la Villa de Plan, la cual se hizo famosa en los años ochenta debido a un llamamiento público que hicieron los solteros del pueblo para buscar compañeras. Se organizó entonces la primera “caravana de mujeres” haciendo patente el gran problema de la desproporción de sexos en muchas zonas rurales del territorio español.

Pero si por algo destaca este enclave pirenaico es por ser uno de los mejores representantes de los ecosistemas de alta montaña de la Península. El parque natural de Posets-Maladeta es un claro exponente de esta majestuosidad. Alberga multitud de singularidades entre las que destacan casi un centenar de lagos también conocidos como ibones.

Los glaciares pirenaicos constituyen las únicas masas de hielo de toda la Península Ibérica; son enormes lenguas de hielo que dibujaron caprichosas formas a lo largo de los valles. La singularidad y fragilidad de estos reductos del frío, los hacen poseedores de un innegable interés paisajístico, científico y cultural.

Un largo camino hasta llegar a destino

Salimos de Madrid un viernes por la tarde con la intención de recechar sábado y domingo y regresar a la capital el lunes a lo largo de la mañana. Después de un plácido y animado viaje de más de seis horas llegamos, ya de noche y con algo de niebla en nuestro último tramo, a San Juan de Plan.

Habíamos quedado con Luis Bardají, uno de los miembros de la sociedad de cazadores del pueblo y perfecto conocedor de cada uno de los secretos y rincones que esconden estas montañas. Todos los años acompañaba a los cazadores nacionales e internacionales que reclamaban los contados precintos para sarrio con los que contaba el Valle.

Nos presentó a Carlos, que iba a ser quien me iba acompañar en esta alpina aventura. A lo largo de las diferentes jornadas disfruté de los conocimientos y experiencias de un auténtico especialista en este tipo de caza. Los trayectos que realizábamos en coche iban acompañados de innumerables historias que hacían mis delicias y que llenaban mis ansias de conocimiento ante una realidad que para mí era totalmente novedosa.

Adentrándonos en el collado de Sahún

Nuestra primera salida matinal iba a ir encaminada a recechar en las cercanías del Collado de Sahún. Aun de noche, recorríamos las diferentes pistas ascendiendo hasta llegar a la zona de caza. Mi acompañante se mostraba muy optimista ya que en días anteriores había visto buenos ejemplares en la zona. El tiempo acompañó desde el principio y nos regaló uno de esos fines de semana de ensueño con temperaturas muy agradables, ausencia de viento y un cielo teñido con alguna esponjosa nube solitaria.

A los veinte minutos de ascensión, Carlos decidió parar a prospectar una amplia zona desangelada de arboleda aunque salpicada de enebros excepto en las zonas más rocosas. La pendiente era pronunciada y no las tenía todas conmigo al pensar que el vértigo iba a hacer mella en mi poco acostumbrado cuerpo. En la dehesa extremeña, cuando salgo a recechar a ciervos y gamos, los requerimientos físicos son minúsculos si los comparamos con los esfuerzos que se realizan en este tipo de ecosistemas.

Mientras mi guía inspeccionaba la zona más alejada, yo me dedique a trazar una línea imaginaria de escasos cien metros de distancia y, sin ayuda de los prismáticos, relajar mi vista ya que se preveía que nuestra jornada iba a ser larga. Al fijar mi vista en un pequeño saliente pétreo, imagino lo maravilloso que sería que algún curioso sarrio asomase con la intención de controlar su territorio. Por mucho que miraba mi sueño se quedaba en nada así que cambie mi orientación y comencé de nuevo mi relajada actividad.

La mañana avanzaba sin novedad cuando se me ocurrió volver a mirar hacía mi idealizado promontorio. Así, como si se tratase de una sombra, apareció un ejemplar de sarrio que nos observaba fijamente. Al alertar a mi compañero, el animal se colocó en posición de alerta y desapareció de nuestra vista.

Rápidamente emprendimos camino hacia la posible área de escape intentando coronar la citada zona rocosa aprovechando un profundo torrente que ocultaba nuestra presencia.

En ese momento Carlos decidió aproximarse en solitario viendo que mi aliento era cada vez menor. Avanzando de rodillas pudo llegar a un solitario pino que le servía de parapeto. Una vez allí, el tiempo parecía correr muy despacio. Yo me encontraba a unos veinte metros de él pendiente de que me diese alguna instrucción pero no recibía respuesta alguna. Me imaginaba que nuestro adversario habría puesto tierra de por medio dejándonos en la más absoluta soledad. Por fin, pasados unos minutos interminables, me hace una señal para que me aproxime con sigilo mostrando un claro gesto nervioso.

Al llegar al joven árbol, veo al isardo a unos cincuenta metros de nosotros. Observa el acantilado con un cierto aire curioso. Parece no haber detectado nuestra presencia y se dedica a buscar tiernas briznas de hierba entre el roquedal. Carlos evaluó el trofeo con anterioridad a mi subida y me hizo saber que era más que un digno ejemplar. Ante las observaciones de mi acompañante, no dudé en apoyar mi rifle como pude en una rama horizontal de nuestra espesa pantalla, reduje los aumentos del anteojo al mínimo y después de relajar como pude mis nervios, apreté suavemente el gatillo con la consiguiente estruendosa detonación. El animal rodó pendiente abajo aunque la ubicación del disparo quedó algo trasera. El silencio sepulcral volvió entonces a las montañas como si nada hubiese ocurrido.

Había sido un lance completamente bucólico y plenamente deportivo. El encontrar machos solitarios en época de celo no era nada sencillo pero la diosa fortuna parecía haberse aliado con nosotros.

Después de conseguir bajar el preciado trofeo hasta nuestro vehículo, nos hicimos las pertinentes fotos en las cercanías de un idílico refugio de montañeros y excursionistas. Me encontraba extenuado pero lleno de una alegría sosegada y es que, los paisajes rebosantes de vida que disfruté todavía evocan en mí unos sentimientos de paz interior indescriptibles para mi novel pluma.

Largo caminar a lo largo de la barbaricia

Ante la posibilidad de intentar abatir un segundo animal, Carlos me comentó que cambiaríamos de zona. Su intención era prospectar unas faldas montañosas que desembocaban en una laguna de gélidas y cristalinas aguas la cual veía alimentado su caudal por el deshielo.

De nuevo me vi deslumbrado por unos paisajes que hacían mis delicias y con los que siempre había soñado cuando mi mente me había imaginado recechando a este singular bóvido alpino. La realidad en este caso estaba superando a la ficción y solamente el ruido de unas piedras al rodar me hizo despertar de mi quimera. Al mirar hacia las cumbres nos dimos cuenta de que se trataba de un quebrantahuesos intentando romper un pedazo de hueso lanzándolo desde las alturas contra el pétreo firme. Estaba viviendo en primera persona aquella memorable secuencia que ya por los años ochenta nos ofrecía el maestro Félix Rodríguez de la Fuente en uno de sus valiosísimos capítulos de la serie El Hombre y la Tierra.

Durante nuestro largo caminar fuimos viendo grupos de animales en la lejanía siempre fuera de nuestro alcance. Aprovechando una fuente natural llenamos nuestras reservas de agua y decidimos parar para ingerir algo sólido que nos diese energía en nuestra sacrificada empresa.

Entre resbalones por causa del hielo y con el consiguiente respeto que imponían los innumerables despeñaderos, seguimos con nuestro caminar pausado y continuo. Utilizábamos las grandes plataformas rocosas para observar sin ser vistos aunque, en la mayoría de los casos, ocurría claramente lo opuesto. Cuando nosotros llegábamos a vislumbrar a un rebaño de animales, estos ya estaban corriendo montaña arriba. Parece increíble como sus pequeñas pezuñas se adhieren al firme pareciendo flotar en las irregulares superficies que forman las rocas.

En una de nuestras innumerables asomadas a un escabroso valle cercano al lago, vimos un grupo de hembras custodiadas por un orgulloso macho. Decidimos entonces esperar apostados en la sombra de un saliente. Los animales se encontraban inmersos en la llamada de Cupido. El macho protegía a las damiselas con enérgicas carreras como intentando envolverlas para evitar agotadores duelos con adversarios.

Mientras tanto y desde un ángulo que no controlábamos, aparece otro macho al que, debido a la distancia, no podemos valorar con exactitud. Permanece ajeno al grupo y pasta tranquilo en un lento peregrinar que parece que se orienta hacia nuestra ubicación. Poco a poco se va acercando a nosotros dibujando una línea recta imaginaria que le llevaría a desembocar a unos cincuenta metros de nuestra favorecedora posición.

Carlos me comenta entonces que se trata de un ejemplar adulto que porta un trofeo ordinario nada excepcional. Lejos de decepcionarme y haciendo primar el lance que estaba siendo simplemente único, decido intentar abatirlo en un disparo de arriba hacia abajo. Aunque la distancia de disparo era llevadera, la incomodidad de tirar tumbado hacía que no las tuviese todas conmigo.

Al apretar el gatillo veo que el animal acusa el disparo y emprende una veloz carrera montaña abajo hasta desaparecer de nuestra vista. No tenía buenas sensaciones hasta que Carlos me dijo que no iría muy lejos. Comenzamos entonces a buscar entre la inmensidad del roquedal abarcando una amplia zona tapizada de tupidos enebros lo que dificultaba sobremanera nuestra empresa. Pasaban los minutos sin rastro alguno de sangre y, mientras que mi compañero bajó hasta el arroyo que transcurría en la parte baja de la ladera, yo decidí volver al lugar del impacto con la intención de revisar nuevamente cada uno de los recovecos existentes. Fue entonces cuando, en una pequeña cueva me encontré con el exhausto animal oculto en la sombra. Rápidamente me dispuse a poner fin a su sufrimiento y valoré entonces su astucia que bien pudo costarnos un fracaso. Al observar el trofeo, Carlos hacía gestos de contrariedad por lo que, nuevamente, me ratifiqué en mi decisión de haberlo abatido. Cuantas veces habremos comentado en nuestras tertulias cinegéticas el valor sentimental de aquel lance que tuvimos con un venado mediocre de trofeo que no de espíritu. El día que pierda esta forma de vivir la caza me temo que me tendré que buscar otra afición.

La verdad es que, buscando una excusa ante un disparo en principio nada complejo, se me ocurre que, al tirar en una posición bastante inclinada, no logré ver la totalidad de la circunferencia que se dibujaba en el interior del visor. Tal fue mi desconfianza que, una vez finalizado nuestro fin de semana, acudí a mi armero para que hiciese la correspondiente prueba en el campo de tiro. Me invitó a acompañarlo mientras fijaba el arma al banco de tiro. Sólo le hizo falta realizar un disparo ya que, con los aumentos del Zeiss al máximo, emplazó el disparo en el centro milimétrico de la diana situada a unos setenta metros.

El día había sido redondo, había disfrutado de mi primera aventura en las cumbres tras estas gráciles criaturas, mi amigo Fernando también había conseguido un fabuloso ejemplar de sarrio y, por si fuera poco, ya de vuelta al coche, nos vimos sorprendidos por un bando de perdices que salieron a escasos diez metros de nosotros.

La inmensidad y solemnidad de la montaña ha conquistado mi alma de cazador y me ha ofrecido horizontes que han alentado mi espíritu de superación. Al fin y al cabo, esta modalidad de rececho pone a prueba tu forma física y mental hasta puntos que solamente uno mismo puede llegar a valorar.

Ya de noche y de vuelta al hotel, nuestro estado físico era lamentable. Mis cuádriceps parecían tener alfileres dentro y estuve varios días acusado de unas molestas agujetas.

Después de una reconfortante ducha y con la satisfacción del deber cumplido, disfrutamos en compañía de nuestros amigos de unas variadas viandas entre las que destacaban unos jugosos boletus edulis (conocido en la zona como “cep”) y una sabrosa y tierna carne de ternero aragonés todo ello regado con un buen caldo tinto somontano.

Batidas de cochinos en compañía de nuestros nuevos amigos

El domingo nos invitaron a disfrutar de una serie de batidas tras los pasos de los cochinos que habitaban estas escarpadas tierras. Se batieron las manchas de El Cau, Sallena y Montó para un total de diez y seis puestos cobrándose varios guarros de buen porte entre los que destacaba un gran navajero. Quedamos impresionados con la camaradería y buen hacer del grupo, con su pasión por la caza auténtica, con los conocimientos que tenían de aquel extremo ecosistema y por la poca importancia que daban al trofeo. Su filosofía de la caza bien podía inspirarnos muchas veces en las que nos separamos de ese buen camino que prima cosas más importantes que lo que suponen unos colmillos colgados en una tabla.

Curioso fue ver también que, una vez que nos encontrábamos en su nave social, fueron escaldando los animales uno por uno. Viendo que, como hacemos nosotros en nuestras monterías y ganchos, no les quitaban la piel, procedimos sin dudarlo a interesarnos por ese curioso procedimiento que solo habíamos visto practicar en tiempo de matanza con cerdos caseros. Su justificación fue reveladora y respondió a nuestras curiosas preguntas. Afirmaban con rotundidad lo que precede: “… no os podéis imaginar lo buenas que están las costillas de una tocina de cuarenta kilos a la brasa”. Satisfechos con su contestación fuimos conscientes del vigor de las tradiciones que estas gentes llevan viviendo año tras año a lo largo de sus dilatadas vidas y que les hacen poseedores de una sana identidad.

 

Autor: Alfonso Mayoral


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