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El Imperio del frío (II): Magadán; Sensación límite

El Imperio del frío (II): Magadán; Sensación límite

Enviado por Tuslances.com el 17-11-2011

Saludé a la helada mañana. El sueño, intenso y profundo, me repuso de muchas, demasiadas, horas de un viaje casi eterno, de esperas absurdas e innecesarias torpezas. Unos buenos huevos fritos con tocino y un revitalizante café bien calentito me recolocaron otra vez en el escenario. Una de las situaciones que podrían darse, debido al bajo nivel de las aguas en alguno de los afluentes del Kolyma que tendríamos que atravesar, era la de encallar en uno de los muchos bancos de arena que asomaban hasta muy cerca de la superficie.
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Texto: Alberto Núñez Seoane Fotos: Susana Borrego


Estado Óblast de Magadán

Pais Federación rusa

Región Extremo oriente

Capital Magadán

59°34’ N - 150°48’ E

Datos:

Idioma Ruso

Superficie 180 km²

Población 96.626 habitantes (2008)

Densidad 537 hab/km2

Moneda Rublo (1 euro = 42 rublos, aproximadamente, depende

del cambio)

Uso horario CET (UTC+ 12) / En verano CEST (UTC+13)

Prefijo telefónico +7 4132

Saludé a la helada mañana. El sueño, intenso y profundo, me repuso de muchas, demasiadas, horas de un viaje casi eterno, de esperas absurdas e innecesarias torpezas. Unos buenos huevos fritos con tocino y un revitalizante café bien calentito me recolocaron otra vez en el escenario.

Una de las situaciones que podrían darse, debido al bajo nivel de las aguas en alguno de los afluentes del Kolyma que tendríamos que atravesar, era la de encallar en uno de los muchos bancos de arena que asomaban hasta muy cerca de la superficie. A pesar de contar con un bote de casco metálico, con la quilla muy poco pronunciada y la caña del motor muy corta, para poder navegar en aguas poco profundas, la posibilidad de chocar contra uno de los bancos suponía un riesgo importante debido a la baja temperatura del agua. Si caíamos al río… sería imprescindible ropa seca y calor suficiente y rápido para no sufrir las terribles consecuencias –relatadas anteriormente − de una hipotermia grave. La fuerza de la corriente, la abundancia de siniestros remolinos y la cantidad de troncos que arrastraban las aguas, eran factores que incrementaban el riesgo hasta un nivel que me hizo plantearme la posibilidad de dejar a Susana en el campamento base. Está bien, o puede estarlo, que uno arriesgue su integridad en busca de una ilusión, pero permitir que un compañero ponga en serio riesgo su vida por estar a mi lado, es una responsabilidad que hay que plantearse, discutir y ser consciente de si se puede o no asumir. No hubo modo de convencerla para que se quedase.

¡Comienza la caza, por fin!

Preocupado por lo que pudiese pasar, pero satisfecho por haber recibido información clara y completa sobre la importancia del peligro al que debíamos hacer frente, fuimos a la cabaña para abrigarnos todo lo posible. Cuando creímos estar listos, apareció Hennadiy con unos chalecos salvavidas que debíamos ponernos… ¡sobre toda la ropa que llevábamos encima! Aquello fue como realizar los doce trabajos de Hércules, pero, al fin, conseguimos abrocharlos y subimos al bote: ¡comenzaba la caza... por fin!

Me habían explicado que lo primero que haríamos sería rastrear las islas que había en medio del río. Debido a lo somero de las aguas en esta época del año, la corpulencia de los grandes alces les permitía atravesar la corriente sin grandes dificultades y pastar con tranquilidad en estos lugares, inaccesibles para otros muchos animales, y por ello, ricos, aún, en hierba .

El ruido del motor parecía incapaz de atravesar el aire, como si una fuerza, extraña y poderosa, lo atrajese al fondo intangible del río, todopoderoso señor de estas tierras.

Allá, a lo lejos, en un horizonte inubicable, donde el cielo, plomizo y g ris, parecía tocarse con el caudal, profundo y oscuro, de un río inabarcable, una bruma helada, densa como aceite, imperturbable y distante, delimitaba las puertas que sólo se cruzan con permiso del emperador.

El río, señor de estos parajes, capaz de llevar las aguas, bravas, que recogió de las laderas salvajes en las montañas, al norte del mar de Okhotsk, hasta el gélido rey de las aguas frías del norte: el Océano Ártico, que divide en dos una vastedad desolada de más de 644.000 kilómetros cuadrados –España tiene 504.000−. El imperio.


El frío atraviesa mi piel, como un cuchillo, me corta y lastima. Me duele. Encontró el modo de burlar la ciencia de mi tiempo. Él, anciano y sabio, testigo, desde hace varias veces un millón de años, de la evolución de una criatura, joven y frágil, que hoy anda peleando, a las puertas de su reino, por un salvoconducto para arañar, siquiera, unas cuantas lunas en compañía de las criaturas a las que les es permitido compartir su tiempo con el anciano guerreo, aún nunca derrotado: el Gran Frío.

El tiempo acrecienta su poder. La tecnología alcanzada por mi especie, capaz de mantenerme vivo usando las mejores lanas y tejidos para separarme del abismo blanco, no puede impedir que el paso de las horas debilite mi resistencia y, por las rendijas que se van abriendo, se cuele la hoja cortante de su espada. El tiempo, le hace más y más fuerte; a mí, cada vez más débil.

Hundidos en el fango

Llegamos a la primera de las islas. Bajamos de la chalupa. Andrei y nosotros, por un lado, Mijaíl, un hombre reservado que había superado con creces los sesenta, por otro −de este modo cubriríamos una mayor superficie−. Comenzamos a buscar huellas frescas de alce, recorriendo, cada uno en una dirección, la orilla que mantenía el pasto a salvo de la voracidad de las aguas.

Encontramos huellas frescas, de esa misma noche, pero no eran de alce… eran de oso. No era nuestra prioridad y, además, esta circunstancia eliminaba la posibilidad de encontrar algún alce en las proximidades, por lo que regresamos al bote y pusimos rumbo, río abajo, hacia la siguiente isla.

El fango que separaba la tierra firme y seca, del río, impedía acercar el bote lo suficiente como para poder saltar y evitarlo. Tuvimos que caminar sobre el lodo hundiéndonos hasta muy por encima de la rodilla, de modo que las botas de agua, que nos llegaban hasta la ingle, estuvieron a punto de convertirse en un sorbete siberiano con nuestras piernas dentro.
Entre risas y juramentos, caídas y blasfemias, los cuatro alcanzamos la orilla. Un cafelito bien caliente, que Mijaíl llevaba en el termo, nos ayudó a bromear sobre las circunstancias del ‘atraque’. Mientras apurábamos el café, mi buen Glotón, Andrei, que se había alejado unos metros, regresó con una amplia sonrisa alrededor del cigarro que sujetaba entre sus labios: había encontrado un rastro ‘bueno’ de alce.

Por el tamaño de las huellas, debía tratarse de un gran ejemplar, así que, en fila india, nos pusimos tras los pasos del colosal cérvido.

Anduvimos durante más de dos horas, atravesamos bosques y pequeños regatos, claros y charcas, hasta que llegamos a una corriente de agua demasiado poderosa y profunda como para arriesgarnos a cruzarla, cosa que sí pudo hacer el alce, lo que supuso el fin de sus preocupaciones, y a las nuestras, y nos obligó a emprender la retirada y regresar al ‘yate’.

El día, el primer día de caza, no dio para más. Debíamos regresar al campamento, navegar en la oscuridad helada de la noche suponía un suicidio aceptado.

Si sobrecoge la inmensidad de aquellos parajes, cuando la luz comienza a faltar y el frío, por momentos olvidado, atenaza los músculos de tu cuerpo; la sensación de fragilidad te sumerge en un sopor que empuja a tu mente a explorar mundos interiores difícilmente accesibles en otras circunstancias.

Te quedas a solas con ‘él’, tratas de hacer que no lo sientes, que lo ignoras. Discutes contigo mismo, llenas los huecos con recuerdos que pensabas olvidados. Entonces, se enfada, le molesta tu aparente desprecio y descarga parte de su furia contra ti, ente diminuto y frágil que, ahora, cuando sientes los retales de su furia, apenas si puedes dejar que el aire que piden tus pulmones, atraviese tu garganta sin arañarla como si de un puñado de helados cristales de hielo candente se trataste. Al Gran Frío, no le gusta que le falten al respeto.

Foto 4: En el primer campamento volante y agotado tras cinco horas de rececho


Un dura experiencia

En el campamento nos aguardaban un par de vasos de buen vodka, un plato de sopa nutritiva y caliente y un guiso de pollo que no se lo saltaba ni un gitano del jerezano barrio de Santiago, ni tampoco un cosaco de la estepa, allá en Siberia, muy cerca, ahora, de mí…

En el desayuno me explicaron que saldríamos a montar un campamento volante. Sin suerte en las islas, iríamos a un valle demasiado retirado como para poder regresar en el día. Harían falta dos horas de bote, desde donde estábamos, para llegar hasta allí.

Navegamos en tres lanchas para poder llevar las tiendas, los víveres y el material necesario para montar el campamento. Cuando llegamos, Glotón Andrei, Sacha, un pisteador, Susana y yo, salimos en busca del alce, otras cuatro personas se quedaron para levantar el campamento.

Primero subimos una colina, después atravesamos un tupido bosque, cruzamos un arroyo, descendimos a un valle, salvamos una zona pantanosa, subimos otra colina y luego… luego llegó una de las más duras experiencias que he tenido en todas las cacerías que, hasta la fecha, había llevado a cabo.

Estábamos en una gran altiplanicie, no quedaban árboles en pie, el terreno era de una consistencia blanda, la tierra, húmeda y recubierta de musgo, se hundía al pisarla, varios centímetros en algunas zonas o casi medio metro en otras. Centenares, tal vez miles, de troncos abatidos y secos, jalonaban toda la extensión cubriendo el suelo casi por completo, dejando a penas entrever la tierra sobre la que reposaban. Esto nos obligaba a caminar sobre los troncos, saltando de uno a otro, tratando siempre de evitar que alguno de nuestros pies se colase por uno de los miles de huecos que los troncos dejaban entre ellos. A menudo, la base de los árboles rotos, permanecía fijada al suelo por las raíces muertas, dejando sobresalir estacas puntiagudas que brotaban del suelo apuntando al firmamento, amenazando con ensartarnos si caíamos sobre ellas.


Foto 7: el difícil camino en busca del alce

Al esfuerzo por intentar avanzar de esta forma, se unía el cansancio acumulado, la impedimenta que trasportábamos –ropa, rifle, mochila− y… el frío, siempre el frío.

No lo sentíamos mientras caminábamos, pero cuando nos deteníamos para tomar aire, el sudor almacenado entre la piel y las prendas de abrigo, se helaba en pocos segundos. La sensación era la antesala de un desasosiego inquietante.

Una de las tres o cuatros caídas del grupo, me tocó, cómo no, a mí. Caí de boca, sin tiempo para amortiguar el batacazo con mis manos, porque las ocupé tratando de proteger el rifle y el visor. Me di de bruces contra el suelo. No me hice daño, el terreno era blando, pero la sangre se me heló en las venas cuando me levanté y vi que una de las esquirlas de un tronco surgía del suelo como una afiladísima aguja… a no más de un palmo de mi rostro. Si hubiese caído sobre ella…

Nos llevó más de una hora atravesar aquel infierno. Luego, una suave bajada y un postrero y demoledor ascenso. Cuando trepábamos por la última de las laderas, Andrei localizó tres alces en el valle situado abajo, a nuestra derecha.

Todos, prismáticos en mano, examinamos a los animales. Pastaban tranquilos, lejos de nosotros. Caminamos hacia ellos para tratar de tener una idea más precisa sobre su condición: sexo, tamaño… Vimos que había una hembra adulta con una cría, pero no conseguíamos dar con el que faltaba.

Comenzamos a caminar, monte abajo, para acercarnos a los animales e intentar encontrar al tercero de los alces, el mismo que, cuando menos lo esperábamos, arrancó a correr valle abajo, nosotros, que estábamos aún bastante alejados de ellos, sólo pudimos verlo desaparecer.

¡Angustia!

A Andrei se le ocurrió que podríamos cortarle la retirada si llegábamos a tiempo a la cima de una colina que dominaba el valle, no muy lejos de donde nos encontrábamos, por el que corría el animal. Desde lo alto tendríamos la oportunidad, si el alce detenía su carrera, de ver si era un buen macho, primero, y tratar de cazarlo, después.

Fue el remate. Bueno, no, en realidad, no lo fue. Echamos a correr. Los cuatro íbamos como poseídos, tragando aire a bocanadas, resoplando como bestias y dando trompicones cada dos por tres. Alguna que otra parada momentánea para impedir que el corazón, junto con  los higadillos, nos saliese por la boca y nos colocamos en lo alto de la maldita colina. Del alce… ni rastro. Ni ahora, ni en la media hora que nos quedamos ‘peinando’ el valle con los prismáticos. La inminencia del crepúsculo nos obligó a tomar el camino de vuelta hacia el campamento. Éste, si fue el remate.

Llegamos de noche. El tiempo que tardamos en alcanzar la orilla del río en el que estaba el campamento volante se me hizo eterno. A las dificultades del terreno se sumaba el hecho de tener que usar la linterna para saber donde ponías los pies. Estaba agotado y deshidratado. Las piernas me fallaban, el rifle parecía haber multiplicado su peso por cinco, la ropa húmeda por el sudor y… el frío.

Si la temperatura es baja de día, cuando los débiles rayos del sol desaparecen con el atardecer, el termómetro se torna, definitivamente, inhumano. Perdí la noción de donde estaba. Totalmente desorientado esperaba ver aparecer las tiendas detrás del próximo cerro, pero no, nunca llegaba aquel último maldito cerro, siempre aparecía otro después, y luego otro, y otro, y otro más…

Las aves callan, los animales duermen, el bosque se sumerge en un silencio helado que te congela hasta el último de los huesos. Las articulaciones, cansadas, se resienten, se espesan… El calor que almacena tu cuerpo lucha por mantener a raya al frío, cruel, que viene de fuera, la piel grita… pero nadie la escucha, sólo estás tú… y él, el frío…. grande, inmaterial, tangible…

La Naturaleza, inmensa y poderosa, sabe bien cómo colocarnos en el lugar que nos corresponde. Es maestra en enseñarnos lo pequeños y frágiles que somos. Es fiel guardiana del empeño en mantener el respeto, tantas veces olvidado por el hombre, a lo que nos supera, a lo que no entendemos, ni entenderemos, a lo que nos puede y nos vence. Reconocer que la vanidad es el más peligroso de los pecados y el camino hacia nuestra destrucción, es cosa fácil cuando tu debilidad y tu impotencia te hacen comprender la profundidad real del abismo que se asoma a tus pies.

El invierno se acerca

Cuando sí apareció la última colina, la tuvimos que bajar por un barranco con un desnivel tal, que nos obligaba a no dejar de agarrarnos a las ramas de los arbustos para no caer rodando. Luego, por fin… ¡el campamento!

No recuerdo bien cuantos botellines de agua y de un imbebible zumo dulzón de color violeta me bebí tras la taza de té caliente que me ofrecieron al llegar. Me recomendaron que no lo hiciese, que no bebiese frío tras el té caliente, pero mi cuerpo necesitaba líquidos en cantidad y con urgencia, ¡no podía más!, me sentía ansioso, de un mal humor extraño, desconocido e irritante. A la media hora me calmé.

Nos acercamos al fuego. Y allí nos contaron una historia: un alce apareció corriendo desde el valle, cruzó por medio del mismísimo campamento y lo mataron en la orilla del río, a cuatro metros de donde yo estaba ahora sentado. Era nuestro alce, sin duda. Le dispararon porque tenía un solo cuerno y su carne la necesitábamos para comer.

Después de una cena reconfortante nos metimos en nuestros sacos y dormimos profundamente hasta el alba.

Al amanecer, la botella de agua que teníamos en la cabecera, en el interior de la tienda, se había congelado por completo. El agua del río próxima a la orilla, se había helado, los rayos del sol ya no la devolverían a su estado fluido hasta la próxima primavera. El Imperio hacía sentir su tiempo. El invierno viene. Y él, el frío, era aplastante. CyS



 Reportaje cedido por la Revista "Caza y Safaris"


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