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El rebeco, el rey de la montaña

El rebeco, el rey de la montaña

Enviado por Tuslances.com el 28-11-2012

El rebeco de la cordillera Cantábrica, reconocido recientemente como una especie endémica de este sistema, atraviesa un momento de expansión, natural y de la mano del hombre.
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El rebeco es una de las especies más representativas de la fauna asturiana y cantábrica, particularmente de la que habita en los ecosistemas de montaña. No tiene el carisma del oso pardo ni del urogallo cantábrico, en gran medida porque no está amenazado sino que es común e incluso vive una situación próspera, pero posee un indudable atractivo, que concierne tanto a su aspecto como a su destreza para trepar y saltar por las rocas y a su facilidad de observación en muchos lugares. Es, además, un preciado trofeo de caza. A esos valores se une ahora su «denominación de origen»: recientes investigaciones han establecido que el rebeco cantábrico no es una subespecie o variante geográfica de una especie de más amplia distribución, como se consideraba hasta ahora, sino que presenta la suficiente entidad (es un linaje diferenciado con respecto a otras poblaciones) como para ser considerado una especie independiente, endémica de este sistema montañoso. Es una propuesta polémica, pero ha cobrado carta de naturaleza a través de su publicación en el «Handbook of the Mammals of the World», monumental enciclopedia promovida por la editorial barcelonesa Lynx cuyo propósito es compendiar todas las especies de mamíferos del planeta poniendo al día los conocimientos sobre su taxonomía, su distribución geográfica y su estado de conservación, como ya hizo con las aves.

El cambio no afecta sólo al rebeco cantábrico. Lo mismo sucede con el pirenaico, el de los Abruzzos, el de los Cárpatos y con el de Asia Menor, de forma que, según ese criterio, habría seis especies de rebecos (la sexta es el rebeco alpino, que agrupa cuatro poblaciones diferenciadas), frente a las dos que se consideraban desde 1985 (previamente, el criterio dominante era agruparlas en una sola). Todas ellas están asociadas a sistemas montañosos, conforme a la especialización de este bóvido (reflejada en adaptaciones como unas pezuñas dotadas de una excepcional capacidad de agarre, un denso pelaje invernal y una dieta muy frugal durante la estación fría), pero también en respuesta a una necesidad: las montañas son un refugio en el que los rebecos se hicieron fuertes a medida que el clima fue cambiando, desde el final de la última glaciación, hace unos 10.000 años, y conforme aumentó la presión humana en las tierras más bajas. Estos dos factores provocaron también una contracción de su área de distribución ibérica, que llegó a alcanzar algunas sierras de Andalucía.

El rebeco cantábrico vive un momento dulce: su población supera los 17.000 individuos (unos 9.000 en Asturias) y ha recuperado antiguos territorios, de forma natural o mediante reintroducciones como la llevada a cabo en la sierra del Aramo. Esta tendencia es común a la del ciervo, el corzo y el jabalí, las otras especies de ungulados salvajes que viven en la región, todas ellas de interés cinegético, que ha sido causa de su expansión -en el caso del jabalí también ha intervenido el abandono de los montes y, en particular, de la recogida de la castaña-, como lo fue, en el pasado, de la desaparición del ciervo y de la fuerte reducción de las poblaciones de rebeco entre las décadas de los cuarenta y los sesenta del siglo XX.

El rebeco cantábrico se distribuye a lo largo de toda la cordillera de la que toma su nombre y ocupa también los Picos de Europa. Aunque no tiene una distribución continua, sino que está fraccionada en dos núcleos o subpoblaciones aisladas. La zona de ruptura es, no por casualidad, la misma que divide las áreas de distribución del oso pardo y del urogallo: los valles del Huerna y de Pajares. Tradicionalmente, las mejores zonas de rebeco se encontraban en la subpoblación oriental, concretamente en el actual Parque Natural de Redes y en los Picos de Europa. La epidemia de sarna que se declaró en Aller en 1993 y que ha ocasionado una elevada mortalidad varió esa situación, de manera que ahora las poblaciones más densas se localizan en el Parque Natural de Somiedo, dentro de la subpoblación occidental, que, de momento, permanece libre de sarna. En el núcleo oriental, la epidemia sigue su avance hacia el Este.

El rebeco cantábrico es el gran herbívoro de las zonas de montaña situadas por encima del límite superior de los bosques (entre 1.500 y 1.800 metros de altitud), en las que desempeña un importante papel ecológico, como consumidor de herbáceas, casi exclusivo en las superficies más rocosas y escarpadas, y ramoneador de matas, arbustos y árboles, como presa del lobo ibérico (los cabritos también del zorro y del águila real), y como recurso esencial para las aves carroñeras, que aprovechan los restos de las matanzas del lobo y los cadáveres de los ejemplares despeñados, sepultados por aludes de nieve y heridos y no cobrados por los cazadores. La competencia con el ganado, al que rehúye, limita su aprovechamiento de los pastos de altura mientras las reses se apacentan en puertos y majadas.

Es este un ungulado sociable, gregario, que forma manadas de tamaño muy variable según las condiciones ambientales, la propia densidad de su población y la época del año (por lo general, los grupos son más numerosos en poblaciones densas y durante el verano). Los grupos también cambian de composición con las estaciones. Los machos se asocian entre ellos o se mantienen aislados durante la mayor parte del año, con la salvedad del período de celo, entre octubre y noviembre, cuando se acercan a las «cabradas» de hembras y crías (cabritos del año y jóvenes de la temporada anterior) para formar harenes. Después de los apareamientos, ambos sexos llevan vidas separadas de nuevo.

Los cambios de estación también traen aparejadas variaciones en la selección de hábitat, en la dieta y en los patrones de actividad. Así, en primavera y en verano el rebeco prefiere las zonas con pasto fresco, alternadas con los roquedos, donde encuentra un alimento más escaso y menos nutritivo, mientras que en invierno busca las zonas empinadas, donde tiene ventaja sobre sus depredadores (en esta época es más vulnerable frente al lobo por la nieve), combinadas con los bosques, que en esa estación disponen de más alimento que los medios abiertos de su entorno, aunque se trate de vegetación leñosa y de baja calidad nutritiva. El rebeco evita durante el estío la actividad en las horas de más calor, que emplea en rumiar y sestear en zonas umbrías, y pasta al inicio y al final del día, cuando las temperaturas refrescan. En invierno pasa gran parte de las horas de luz alimentándose (la comida está dispersa y es de peor calidad, por lo que necesita incrementar el consumo para mantener su metabolismo). Las variaciones en el peso de los animales son muy significativas de unas estaciones a otras, sobre todo en los machos, que acusan mucho el desgaste del celo (lo mismo sucede en los ciervos y en otros ungulados en los que existe una fuerte rivalidad por el control de las hembras y un mismo macho se aparea con varias de ellas); esa oscilación se cifra en un 20 por ciento entre el final del verano y el inicio de la primavera.

La rutina del rebeco cantábrico se adapta, por otra parte, a la presencia y a la actividad humana y, así, en las zonas donde es objeto de caza tiende a apartarse de los lugares más transitados. En contraste con esa conducta, allí donde no es perseguido se muestra relativamente confiado, como sucede en el Parque Nacional de los Picos de Europa.

 

 

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