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Comienzos venatorios de un joven cazador

Comienzos venatorios de un joven cazador

Enviado por Tortolero el 31-05-2014

Desde muy pequeño mi padre me inculcó el respeto por la naturaleza y los animales. El medio que usó para esto fue la caza. Cuando contaba 3 años ya salía a cazar con mi padre, pero debido a mi corta edad solo iba al puesto, sobre todo a tórtolas y zorzales. Poco a poco me fui aficionando a esta noble y bella afición.
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Desde muy pequeño mi padre me inculcó el respeto por la naturaleza y los animales. El medio que usó para esto fue la caza.

Cuando contaba 3 años ya salía a cazar con mi padre, pero debido a mi corta edad solo iba al puesto, sobre todo a tórtolas y zorzales. Poco a poco me fui aficionando a esta noble y bella afición.

Uno de los recuerdos más gratos que se me viene a la mente es cuando disparé por primera vez. Fue un 17 de agosto de 2002 ,con solo 6 años , en plena media veda. Nos encontrábamos en unos olivos, a la espera de tórtolas y palomas y una vez finalizada la jornada, mi padre sacó una escopeta paralela del 12mm o 410, antiquísima, de la marca Reno. Al ver esa preciosidad de escopeta los ojos me hacían " chirivitas ", entonces llegó el gran momento, me dio mi padre dos cartuchos y los introduje en la escopeta y me indicó como debía usarse un arma de fuego, en lo que la seguridad era lo principal. Cargué la escopeta y me dijo: "Espera a que se pose algún tortolillo y pruebas a ver si le das ". Al poco de decirme esto vi venir una tórtola, a toda velocidad, haciendo unos quiebros impresionantes, encaré y disparé los dos cartuchos quedando un poco aturdido. Miré a mi padre y lo vi boquiabierto, se dirigió hacia un olivo cercano y cogió del suelo aquella tortolilla que a mis seis años había conseguido abatir.

Esto supuso un punto de inflexión. A partir de aquí no me perdía un día de caza, e iba aprendiendo de mi padre y mi abuelo. Cada vez con más frecuencia me dejaban disparara con aquella del 12mm, de la que guardo un recuerdo especial.

Fui creciendo y aquella escopetita se me empezaba a quedar pequeña. Cuando tenía once años nos regalaron una escopeta monotiro del calibre 16, junto con muchos cartuchos antiguos de cartón de varias marcas ( Orbea, El Mirlo, ERT ). Al ser disparados, aquellos cartuchos desprendían un olor que a mí personalmente me encanta. Con esta escopeta las capturas empezaron a ser mayores y de más entidad.

A medida que creía los estudios empezaban a ser un hándicap importante. Al comenzar la E.S.O. mi padre me dijo: "Recuerda siempre que ahora lo más importante es tu educación, lo demás es secundario". De lunes a viernes me esforzaba muchísimo para poder salir a cazar el fin de semana. Los éxitos académicos se transformaban en poder salir a cazar, y disfrutar de esta afición tan maravillosa.

Cada año esperaba con impaciencia la llegada de la media veda y los zorzales, porque era la oportunidad de que me dejaran disparar alguna vez, ya que cuando cazábamos en mano me tenía que conformar con ir de morralero. Recuerdo que cuando tenía 10 u 11 años e iba a los zorzales, mi padre me sugería acompañar a mi tío en el puesto para que se los avisase, pues ya era muy mayor y le fallaba la vista. Lo que menos sospecha mi padre era que mi tío en multitud de ocasiones me dejaba la escopeta para que fuese practicando, y con una sonrisilla socarrona me decía: "Esto no se lo digas a tu padre, que si se entera no te deja acompañarme más ".

Mis inicios no han sido en grandes monterías ni en grandes cotos, al contrario , en un humilde coto de la provincia de Jaén. Mi padre y mi abuelo se sorprendían porque no entendían como podía tener tanta afición con la poca caza que había.

Llegó el año 2008, año en que cumplía la edad para obtener la Autorización Especial de Menores, pero todo tenía un precio. Si quería conseguir la autorización tenía que superar, holgadamente, mis obligaciones académicas. Por fin, en julio, empecé con los trámites y en noviembre ya podía considerarme cazador legal, tenía toda la documentación necesaria para cazar.

En este mismo año tuvo lugar otro acontecimiento que influyó bastante en mi vida como cazador. Un amigo me regaló mi primer perro de caza, un épagneul bretón, marrón y blanco, precioso. La llegada de este nuevo compañero de caza supuso que disfrutase mucho más de esta maravillosa afición, pues descubrí un aspecto que hasta ahora desconocía: la satisfacción de educar a tu propio perro. Por supuesto, fue mi padre quien se encargó de ello y yo me maravillaba tanto de ver los progresos que hacía el cachorro (traer la pelota, sentarse y acostarse a la orden, hacer la muestra, buscar entre las zarzas una piel de conejo enrollada) como de la paciencia de mi padre cuando el animal no hacía lo que se esperaba de él.

Recuerdo perfectamente el primer día que salí a cazar ya con toda la documentación necesaria. Era una mañana fría de noviembre y la escarcha cubría el suelo de la sierra. Empecé a cazar junto con mi padre y mi hermano una cañada, y al poco de empezar el perro cayó en muestra. Al ver esto me puse muy nervioso, intenté tranquilizarme, me preparé y animé al perro: "¡Anda Toby! " Este se abalanzó sobre el conejo, al que volteé de un disparo, consiguiendo así cobrar el primero de mi vida.

En esta primera temporada me llevaba muchos malos ratos, debido a que veía como mi padre y mi hermano abatían piezas, y yo por el contrario fallaba más que acertaba. Las temporadas seguían pasando, y lo que antes eran nervios y disgustos, con el paso del tiempo se convirtieron en temple y gratos momentos. A medida que maduraba como cazador, mi perro también lo hacía, consiguiendo así unas jornadas de caza memorables.

Hoy, con 18 años, y consciente de que me queda mucho por aprender, mantengo la misma ilusión que cuando era un niño. Aún me pueden los nervios los días de antes de la apertura de la veda, nervios que se disipan en cuanto piso el campo y empiezo a cazar.  Actualmente no concibo la caza como una actividad que se pueda realizar sin la inestimable ayuda de un perro, animales estos a lo que se les coge mucho cariño, debido a la unión que la caza provoca entre perro y cazador.

La educación cinegética que he recibido no se sustenta en la caza como una afición en la que lo que prime sea la cantidad, sino como una tradición que produce sensaciones y recuerdos indescriptibles, y que solo un cazador puede comprender.

Hay muchos cazadores que con el paso del tiempo afirman no tener ya la misma ilusión. Yo creo que la ilusión es algo primordial en la caza, porque sin esta apenas saldríamos al campo, debido a que esta noble afición nos depara mas días de pocas capturas, que de abundancia.

Así me despido, deseando a todos los cazadores mucha suerte en la nueva temporada de caza, y sobre todo que nada les haga perder la afición por salir de nuevo al campo.


Tortolero


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