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Cinco días en el paraíso

Cinco días en el paraíso

Enviado por Mesitadenoche el 22-02-2012

Al día siguiente, con los asuntos pendientes urbanos ya resueltos, y durante el trayecto en tren a Córdoba, la ansiedad se multiplica. Mi padre me envía un whatsapp endemoniado de esos contándome que hay pájaro, que Domínguez en un puesto de antología se ha cobrado tres vidas, y que buen viaje. Desde luego, con aportaciones así el viaje no hace sino alargarse y poner a prueba la paciencia de cualquier jaulero con un mínimo de sangre.
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Cinco días en el paraíso

La caza de la perdiz con reclamo es fuente generadora de pasiones, emociones, locura, controversias, oposición y en el pasado, hasta persecución estatal. Yo, habiendo entablado contacto con ella desde que tengo uso de razón, pensaba conocerla y poder definirla con un mínimo de certeza. Pero me equivocaba. En un período de unas horas tan esperadas como fugaces, el destino me había guardado una bofetada para hacerme despertar y arrojar a mis ojos toda la magnitud y dimensión de este modo de vida, arte y pasión en un mismo continente.

Viaje, nervios y emoción

En cuanto completé el test del último examen, me lancé sin dudarlo al coche para ir a comprar el billete para el día siguiente. El plan estaba decidido, de Málaga a Córdoba y de ahí a Ciudad Real de una tacada, cinco días son cinco días y no había tiempo que perder. La maleta llevaba hecha desde dos días atrás, canana, la guita para asegurar el tanto, la gorra, mucha ropa de abrigo, y todo lo material ya estaba debidamente preparado. La ilusión, los nervios y la pérdida de sueño me los quedaba conmigo y no me abandonaban desde hacía ya unos días atrás.

Al día siguiente, con los asuntos pendientes urbanos ya resueltos, y durante el trayecto en tren a Córdoba, la ansiedad se multiplica. Mi padre me envía un whatsapp endemoniado de esos contándome que hay pájaro, que Domínguez en un puesto de antología se ha cobrado tres vidas, y que buen viaje. Desde luego, con aportaciones así el viaje no hace sino alargarse y poner a prueba la paciencia de cualquier jaulero con un mínimo de sangre.

Ya en Córdoba charlamos por teléfono y me cuenta que la criatura ha atraído hasta el tanto a seis camperas, que aún así el celo está muy malo y el frío siberiano ha pasado factura tanto a reclamos como a los montunos y yo no puedo hacer otra cosa que preguntarme a qué droga le ha vendido su alma mi padre, para decir que el celo está malo y ha tenido hasta 6 pájaros de distintas colleras y otros, solitarios, en plaza.

El segundo trayecto se hace más corto, quizás porque mi padre se apiada de mi y no da el puesto de tarde. A las seis y media me recogen en la estación él y el compañero Matías, con el que no cazábamos desde hacía más de diez años, y sin duda alguna, uno de los mejores (si no el mejor) jaulero de España, con unos conocimientos y puesta en práctica de esta modalidad que sorprenden al más letrado. Ya en el cortijo y al calor del fuego, doy un repaso a los reclamos, organizo el equipaje y disfruto de los primeros tragos de sidra, un elemento casi sagrado cuando nos juntamos en el campo con Matías.

Por suerte el frío siberiano pasó, en días anteriores les dejó la belleza de -12º C y la imposibilidad de utilizar los grifos hasta bien avanzado el día. Y, evidentemente, la poca predisposición de las perdices a moverse o a buscar pelea, desluciendo los puestos y el trabajo de los reclamos. Matías, con un jaulero de categoría forjado a base de descartes, disgustos, y sobre todo buenas faenas, lleva un bagaje de un mérito tremendo para el escaso celo que se ha podido disfrutar en la temporada. Mi padre, gracias a Domínguez y Gaditano como pilares fundamentales del equipo, también ha disfrutado de buenos lances y los logros son notables por los motivos ya mencionados.

Me comentan que ya me tienen preparado el puesto de sol para el estreno, llegando a comentarme que es “uno de los mejores puestos que han visto en sus respectivas trayectorias”. Yo, pensando que llevados por la emoción de compartir los tres jornadas cinegéticas como hace años, se han pasado de optimistas. Nada más lejos de la realidad.

La primera en la frente y el cochino despistado

Al día siguiente, con Gaditano a la espalda avanzamos por un carril que en una bajada da directamente a un comedero para los jabalíes, realmente abundantes en el terreno. A la izquierda, una suave pendiente se adentra en una mancha de jarales, con alguna encina salpicada aquí y allá. El puesto está bajo una encina y el tanto en un jaral, el tiro es básicamente un pasillo, la plaza es mínima por las abundantes jaras, precisamente este entorno refugiado anima a la perdiz a acudir a la pelea con menos recelo así que antes de destapar a Gaditano ya estoy seguro de que algo interesante ha de pasar, un entorno genial, un reclamo trabajador y una mañana soleada con una leve brisa no pueden augurar nada malo.

El puesto del comedero, con Gaditano recién colocado.

Gaditano, como siempre, comienza a tirarme piñones cuando lo destapo y empiezo a alejarme, sin prisas, con calma, sin perderle la cara, hasta que entro en el puesto y suelta el primer canto por alto. Hoy llevo la escopeta del 12 de mi padre, mi nueva Laurona del 16 dispara un pelín desviado a la izquierda y mi padre no quiere correr riesgos. Gaditano centra su repertorio en un combinado de piñones y dar de pie, a veces “tartamudeando” en el dar de pie, y rematando muy de cuando en cuando con un canto de mayor. Escucho un par de colleras lejanas, nada reseñable hasta el momento y el reclamo a lo suyo, trabajar. De repente, a la izquierda de nuestra posición y a unos 10 metros del tanto en línea recta escucho el reclamo de un macho. Gaditano da de pie suavemente, pero no se muestra confiado y no acaba de recibir, busca alambre sin llegar a bregar. Veo al macho aparecer por la izquierda y viene curioseando, sin pedir muchas explicaciones desaparece por la derecha, mientras lo escucho avanzar hacia la parte trasera del puesto, alejándose y echando algún canto por alto de rato en rato. Escucho el primer tiro que, según mi impresión ha debido de ser de Matías. El macho sigue alejándose por el jaral, y Gaditano busca nuevo rival.

Cuando estaba en pleno apogeo de su trabajo, suena un macho justo donde apareció el primero. Pero esta vez escucho que da de pie y piñonea, y avanza mucho más rápido, éste viene buscando gresca. Cual es mi sorpresa cuando Gaditano se queda impasible, tieso como una vela pero callado y quieto. Llega el macho y esta vez viene con su hembra, se les nota más celo que al solitario anterior y dan vueltas al tanto. Viendo el pasotismo de Gaditano, prosiguen camino tal como el anterior. Pero justo cuando me iba a acordar de su familia, Gaditano lanza unos curicheos templados y cadenciosos, con suavidad y yo diría que hasta chulería, porque en menos de unos segundos ya ha vuelto el macho con su pájara a retomar la disputa.

Esta vez Gaditano sí recibe, yo ya tenía el seguro quitado desde la entrada anterior, y los campesinos comienzan los rondos alrededor del tanto. Cuando van por la tercera vuelta ya tengo claro a cual está recibiendo Gaditano, pero el otro del par se ha ocultado y no sé si es el macho o la hembra, y dónde puede haberse metido el que yo no veo. Viendo el panorama, a la siguiente vuelta me decido por tirar al que seguía expuesto, desconociendo su sexo y por el gran tamaño de los dos, en este terreno las pájaras son inusualmente grandes, incluso sus cantos me confundían al principio, asemejándose al de los machos de otras zonas.

Al que disparo cae seco, al pie del tanto, excesivamente centrado pero ladeado hacia la derecha. Gaditano carga el tiro tras un silencio de apenas cinco segundos, y el otro componente del par aparece en un pegote de jaras que yo veía a la derecha de mi tronera. Comienza a cantar por alto y a sasear, a buen seguro vio el tiro y a ver ahora quien le hacía entrar a plaza. Gaditano no se descompone, pero tras más de media hora oculto en el jaral, el superviviente del par se marcha con la música a otra parte. Suena el segundo tiro de Matías.

Cual no es mi sorpresa cuando escucho al macho que entró primero, en una posición más cercana y con evidentes ánimos de venir a unirse a la fiesta de Gaditano. No entró con la beligerancia del macho de la collera, algo menos enmoñado y dando las vueltas más despacio, con Gaditano recibiendo como él sabe, se lo tiro escorado a la izquierda, también al pie del tanto. Gaditano carga el tiro, y el superviviente de la collera desaparece del mapa, por lo que a los pocos minutos doy el puesto por concluido, casi a la vez suena el tercer tiro de Matías.

Antes de nada comprobé que el caído del par era el macho, un pájaro joven al igual que el segundo abatido, ninguno llegaría a los 4 celos. Con mucha alegría me reuní con mi padre y Matías en el carril. La cosecha fue de cinco pájaros en la mañana, considerable teniendo en cuenta la temporada que se está viviendo. La clave es la bravura de esta perdiz, de sierra, roja pura, con una belleza en el plumaje y una casta que yo, hasta la fecha, no conocía como cazador de reclamo. Uno de los abatidos por Matías se le vino de vuelo, y otro de ellos entró arrastrando el ala. Y Gaditano, al principio delatando falta de celo, consiguió enmendar un puesto que, probablemente, fuera uno de los mejores de toda la finca.

 Gaditano tras la faena

Tras celebrar los triunfos con sidra y chuletones de ternera, tocaba preparar el de tarde. El puesto lo hice cercano al anterior, saqué a Alatriste, pájaro de 4º celo sin tirar. El viento aguó las opciones de hacer algo, la viuda se presentó también a dar la tabarra, y aunque trabajó, el reclamo no hizo nada meritorio ni destacable para repetir la victoria matinal. Ya estaba a punto de salirme cuando escuché un ruido extraño por mi derecha, tan extraño que no pude contenerme y me asomé por detrás del puesto, sabiendo de sobra que era algo más grande y escandaloso que una perdiz. Me sorprendió encontrar, a escasos veinte metros de mí a un cochino dando cuenta de las bellotas de una encina cercana. Viendo que traía el camino hacia el puesto opté por toser y emprendió una huida escandalosa que aproveché para dar por terminada la tarde. Si llega a encontrarse con Turok en vez de conmigo no lo cuenta.

Por la noche, tertulia sobre la jornada. Mi padre por la tarde ha aguantado mochuelada y Matías se lamenta de fallar a una pájara a un reclamo que, pese a haberse arrancado una uña en el trayecto al puesto y haber sangrado, le ha dado un puestazo. De categoría los pájaros que gasta el amigo.

Por suerte, en los días siguientes le cogería el punto a su nueva paralela del 20, igual que yo a la mía del 16.

El viento, la sierra y Marqués, la decepción

Al día siguiente, el puesto de sol auguraba la tierra prometida. Un puesto al lado de un río que atraviesa la finca, con unas lomas en la otra orilla con abundantes pedrizas que a buen seguro tenían que albergar dormideros de perdices. En la jaula, uno de los componentes del tridente mágico de Matías. Otra vez con la escopeta del 12 de mi padre. Tal tierra prometida se diluyó como un azucarillo cuando a los diez minutos de puesto empezó a soplar un viento tan frío como inoportuno. El pájaro había salido cuchicheando por bajo, y al animal no le dio tiempo ni de venirse arriba. Más bien tuvo que preocuparse de no salir volando junto a las jaras del tanto, y en cuanto vi que allí no había nada que hacer y era sufrimiento gratuito para el pájaro, me salí al igual que mi padre y Matías. Como quedaba mañana por delante, decidimos emprender una ruta de exploración, ya que el coto es grande y lo desconocemos en gran parte.

Decidimos subir a una sierra que sirve de marco de fondo para toda la finca. Desde la zona de dehesa donde está el cortijo el terreno sube en forma de pequeñas lomas, con algunas manchas de jaras y encinas. Antes de la sierra se vuelven más desniveladas las lomas, y ya se encuentran los primeros cortafuegos y una vegetación tupida que combina jaras, romeros, jaguarzos y en general todo tipo de arbustos que suelen estar presentes en serranías no demasiado altas ni áridas. La última loma, la más pronunciada, en su bajada ya inicia la subida a la sierra, donde también hay cortafuegos, pero predominan más las arboledas en la zona de la falda, y la vegetación se vuelve más tupida aún si cabe. Nuestra idea era comprobar cómo de tupida estaba la parte alta y si las perdices la tenían tomada como querencia.

Vista desde la sierra

Tras una subida laboriosa con el todoterreno por unos carriles muy pedregosos e irregulares, encumbramos la sierra y descubrimos una mina sin explotar que nos dejó boquiabiertos. Nada más llegar a un comedero para los jabalíes levantamos la primera collera. Un cortafuegos que parte del carril de la subida ya nos brindaba multitud de opciones para colgar y hacer puesto, y mientras comentábamos el hallazgo escuchábamos alguna que otra collera refugiada en la espesa vegetación. Avanzamos hacia la zona izquierda y encontramos unas pedrizas con pequeños llanos que auguraban colgaderos de ensueño. Las vistas eran simplemente fascinantes. En este coto, además, he aprendido la relatividad de que el puesto de sol ha de hacerse en las zonas bajas y el de tarde buscando más la subida a los dormideros de las perdices. En esta finca, con abundante comida y agua destinada a la caza mayor, pero que beneficia mucho a las perdices, estas se mueven lo justo para hacer vida, con la salvedad de acudir a la pelea, para lo que no dudan en emprender vuelo y presentarse a defender el territorio.

Encontramos el terreno bastante castigado por los cochinos, con muchas matas arrancadas de cuajo y la tierra casi toda removida. Esto nos facilitaba la labor de manipular la vegetación para los puestos y tantos sin que las camperas pudieran extrañar nada, acostumbradas al paisaje por las correrías nocturnas de los cochinos.

En un rato encontramos tres zonas algo separadas donde elaborar puestos, y entre los tres fuimos dejando listo cada uno de los colgaderos. Tuve un susto importante al torcerme el tobillo con el que estuve un mes de escayola hace poco tiempo, y tardé un rato en volver a calmarme a pesar de lo que estaba disfrutando. Tras dejar todo listo para el puesto de tarde, volvimos al cortijo para almorzar y escoger pájaros.

Esa tarde me llevé a Marqués, pájaro que ha pelechado en mi casa y me ilusionaba una barbaridad verlo en el tanto. Por desgracia para mí ha resultado ser un pájaro muy tranquilo, con una magnífica pose en la jaula, pero sin voluntad alguna por abrir el pico, apenas echó tres reclamos por alto en las dos horas de puesto. Me dediqué a agudizar el oído, pues escuchaba a lo lejos a mi izquierda al pájaro de Matías, y a mi derecha al de mi padre. Al rato largo de puesto sonó el tiro en la dirección de mi padre, y hasta que no nos levantamos no dejaron de sonar cantos de perdiz en la sierra.

Otra vista desde la sierra

Ya en el cortijo, se incorporó al equipo Guillermo, otro socio del coto con una gran afición a esta caza. Matías había tenido una collera en plaza pero ni le hicieron caso al reclamo y pasaron de largo. Mi padre, con Domínguez sobre el tanto, había tirado un macho tras darle seis o siete vueltas al tanto. Sorprendente cuando tenía las palmas de las patas completamente blancas, signo evidente de falta de celo, ya que se suelen mostrar más anaranjadas cuando la perdiz lo adquiere. Después de eso, la hembra estuvo dándole la tabarra sin que Domínguez se importunara lo más mínimo, y es que este pájaro tiene trazas de llegar a ser un grande.

Bautismo del Pisha y el cortafuegos, esa feliz casualidad

A la mañana siguiente, mi padre y yo nos dirigimos de nuevo a la sierra, él para hacer debutar al Pisha y yo para terminar de confirmar el descarte de Pedraza, al que mi padre tiró un macho unos días antes y parecía haberse decantado por el bando mochuelo.

 Sector del jaulero correspondiente a Matías. Calidad por los cuatro costados.

Pedraza me ofreció un recital de salto de altura, guitarreo y copas que me hizo mantener de nuevo la atención en la dirección del puesto de mi padre. No sonaban demasiadas perdices y pensé que esa mañana tocaba irse de vacío. Escuché un estropicio a mis espaldas, y considerando que al reclamo no había manera de hacerle ningún mal porque ya era malo por sí mismo, asomé un poco la cabeza sobre el portátil y pude ver varias ciervas atravesando un cortafuegos que alcanzaba las pedrizas altas donde estábamos colgando. No había llegado a sentarme cuando escuché el tiro de mi padre.

Deseoso de conocer la versión de mi padre, descolgué pronto y cuando escuché su chiflido bajé hasta donde había colgado, en el carril de subida. Cuando llegué la estampa no podía mejorarse. El Pisha contemplaba a sus pies a un señor macho mientras podía verle la gargantilla moverse sin llegar a apreciar sonido, signo de que el tiro le había encantado y debía ser un pájaro con un recibo muy suave y efectivo. Siempre es una alegría hacerle una buena faena a un pollo así que nos dirigimos al cortijo entusiasmados comentando la faena. Ya en casa, comprobamos que Guillermo y Matías también habían tirado, el primero un macho y el segundo una collera. Es increíble que con el celo tan malo que hemos pasado los pájaros se mostraran tan prestos a la pelea, y no quiero imaginarme de qué no serán capaces cuando venga un año lluvioso y con un buen celo.

La vista más hermosa, aunque sólo por unos días al año.

Como era mi penúltimo puesto y mi padre me había reservado a Domínguez para la mañana siguiente, me llevé para el puesto de tarde a Gaditano.  Mi padre se llevó a otro pollo aún sin nombrar, y nos dirigíamos a la parte derecha de la sierra cuando el guarda nos alcanzó en el carril. Al parecer tres días después se daba una montería en ese sector, y nos pidió que por favor no tocáramos aquella zona durante esos días.

Resignados, buscamos un nuevo emplazamiento en el punto donde acaba la dehesa camino de la sierra, pero era impensable colgar en aquel pedregal que además ofrecía poca vegetación para cubrirse. Con el tiempo ajustado, nos dirigimos a las últimas lomas que preceden a la sierra, en busca de un cortafuegos que nos salvara la tarde. Rápidamente hicimos un puesto y ahí me quedé yo con Gaditano, esta vez con la escopeta del 16. Siempre es mejor fallarle un pájaro a un reclamo ya hecho que a un pollo y le convencí para que se llevara la del 12.

A las cuatro menos cuarto mi padre se marchó para buscar otro puesto para él, y yo no destapé porque las tardes ya iban siendo más largas y quería apurar para no tener que esperar después a mi padre. Entre esa hora y las cuatro y cuarto no escuché ni una sola perdiz. Me entretuve viendo torcaces, urracas, incluso algún conejo despistado por el cortafuegos.

A las y cuarto escuché a Gaditano piñonear bajo la sayuela y entendí que ya era hora de empezar la fiesta.

Zona cercana al puesto del cortafuegos

Como siempre, me saludó con sus piñones y justo cuando me metía en el puesto sonaba el primer reclamo por alto. He visto relojes menos precisos que este pájaro cuando sigue este ritual, nunca falla. Tras rematar la primera serie con un reclamo por alto, se quedó inmóvil, como el que espera algo con convicción. Y al instante, en el pie de la loma, justo donde la arboleda comienza la subida hacia la sierra, empezaron a sonar pájaros. Machos con ese reclamo ronco soñado por cualquier jaulero, y hembras que engañan con su voz pareciendo machos. En menos que canta un gallo pude distinguir al menos tres colleras, todas por debajo de nosotros. La cosa prometía, y cuando vi la actitud de Gaditano le quité el seguro a la escopeta esperando atinar a pesar del defecto de tiro.

Poco tardó la cosa en animarse. Escuché un revuelo inconfundible, a pesar de no piarse supe que ya teníamos una collera en las cercanías por lo menos. Gaditano bajó la intensidad mientras daba de pie, y yo ya distinguía los pasos de la collera acercándose. Por algún motivo, no dieron la cara. Escuché a uno pasar por delante, seguramente el macho ya que se rifaba con Gaditano, y la hembra por detrás, por lo que me mantuve completamente inmóvil. Gaditano no llegó a recibir pero tampoco a callarse, y la pareja subió hasta el cruce de un carril con el cortafuegos, a unos 3 metros del puesto.

Conforme subían, la hembra cantaba y Gaditano contestaba, pero ya se olía que con esa collera no iba a suceder nada reseñable. Gaditano, al rato, pareció entenderlo y volvió a dirigir sus cantos hacia la parte baja, donde más colleras contestaban en un chicharrerío constante. Tras un buen rato de trabajo del reclamo, escuché una pareja piarse de vuelo y era evidente que traían el camino de los anteriores. Me quedé quieto y pude ver al macho por debajo del tanto, pero ni llegó a entrar ni quiso pelea. Estos se marcharon por la parte sucia tras el tanto, y fueron alejándose en sentido descendente por lo que pude apreciar en sus cantos.

Era increíble. Gaditano había traído dos colleras y ninguna había accedido a rendir cuentas bajo el tanto. Destilaban valentía para acudir pero la falta de celo hacía mella en los últimos metros, los más decisivos. Seguían escuchándose colleras y Gaditano, incansable siguió trabajando. Me acordé del reloj, y cuando quise darme cuenta llevábamos ya hora y media de puesto, dos colleras habían pasado por allí y el reclamo no tenía su premio, lo cual me sabía mal, ya que a la segunda collera sí les hizo el recibo pero pasaron olímpicamente.

Cuando menos lo esperaba, sorpresas de la vida, Gaditano se pone de recibo sin previo aviso. Y veo bajar del cruce una hembra dirigiéndose hacia el tanto. Gaditano recibió de forma magistral, y la hembra rodeó el tanto cuatro veces, pero no conseguía ver si venía acompañada. Ante la imposibilidad de averiguar si había algún pájaro más, me decidí a tirar. Tal como había practicado en el cortijo con un cartón, apunté ligeramente arriba y a la derecha. Cuando la hembra estaba de lado, quieta y mirando a Gaditano mientras recibía apreté el gatillo. Sólo me dio tiempo a ver una pequeña nube de polvo y a escuchar el “piyooo piyooo” de un pájaro revolado.

Me quedé con cara de tonto, y antes de intentar averiguar nada miré a Gaditano, el cual quedó en silencio unos segundos y comenzó a cargar el tiro. Pero cuando bajé la vista, allí no se veía perdiz ni nada que se le pareciese. Maldije mi suerte y el vicio de la escopeta, y por experiencia por si acontecía algo cargué el cartucho derecho. El pájaro sigue trabajando pero el sol está cayendo, y cuanto más caía más ganas de levantarme tenía yo.

 

 Subida a la sierra vista desde abajo.

Sin embargo, al mirar fijamente observo unas plumas en la parte baja del tanto levantadas por el viento. ¿Será posible que se haya ido herida por algún plomazo? Lo descarté porque esa velocidad para salir como había salido, según intuía por lo que había oído, era impropia de una perdiz herida, aunque solo fuera por un plomo. Sin ganas de mantener mucho la incertidumbre, tardé unos minutos en dejar desahogarse a Gaditano y me levanté. Nada de nada. Allí no se veía perdiz alguna. Me c… en mi estampa… Al ir a bajar a Gaditano del tanto, veo a este muy meloso en los piñoneos y cuando miro abajo…. ¡¡¡AYYYYY BRIBÓN!!! La hembra estaba allí, al pie del tanto, un poco estropeada del tiro, pero debajo del tanto.

El asunto tiene fácil explicación. En esa especie de cuneta que se forma a los lados de los cortafuegos había caído la hembra, arrastrada un poco por el tiro, pues el tanto era de 18 pasos. El polvo se levantó porque el tiro se me fue bajo, pues tenía plomeadas ambas patas, pero aún siendo bajo el tiro fue bastante efectivo, por la inmovilidad posterior de la hembra y por el estado del plumaje de esta.

El piolío lo emitió el macho que debía andar cerca pero no dio la cara mientras su pareja estuvo en plaza. Sea como fuere, a Gaditano le gustó pues la veía perfectamente, a diferencia de mí, y finalmente pude respirar aliviado tras el puesto más increíble y emocionante desde que cazo en solitario el reclamo. Las dos horas se me habían pasado voladas y mi padre no tardó en llegar, mientras recogía los bártulos le iba narrando todo lo acontecido.

La última noche en el cortijo fue especialmente alegre, todos habíamos tirado ese día y lo celebramos como merecía la ocasión, pocos días hay tan alegres y productivos.

El cortijo

La despedida, y una ilusión, volver

A la mañana siguiente volvimos a subir a la sierra y saqué a Domínguez, por desgracia en la zona habían quedado dos o tres viudas de días anteriores y su trabajo no sirvió de mucho, al menos me mantuve entretenido y disfrutando de su labor. Nos salimos pronto por la perspectiva del viaje hasta Málaga que nos esperaba, así que tras recoger y despedirnos de los compañeros salimos con la lógica tristeza del fin, pero con la esperanza de vivir nuevas temporadas en este coto que hemos encontrado y que me ha hecho vivir las jornadas más intensas desde que comencé a cazar la perdiz con reclamo.

Pocas cosas hay comparables a vivir esto en compañía de tu padre y buenos amigos. Si algo me ha quedado claro es que es mentira eso de que “Dios vuelve en una Harley”; si lo hiciera, lo haría en la sierra, con una gorra cortijera, una joroba en forma de jaula y una capa larga caminando lentamente al atardecer, tras haber disfrutado del más maravilloso de los animales del mundo: La perdiz roja PURA.


Francisco Álvaro Ruiz de Guzmán-Moure (mesitadenoche)


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  • #1 Isabel Gutiérrez

    Mi opinión va a ir vinculada más a la forma y belleza de la narración que a lo narrado, dicho esto, por mi ignorancia sobre la caza. La narración te traslada al lugar y tiempo de los hechos; la mezcla de lo material y lo intangible hace más bella la lectura, ya que la llena de sentimientos provocados ante lo visto. Dejas muy clara la descripción del entorno y haces familiarizar al lector con cada personaje que aparece en el texto; y no hablo sólo del gran compañero Matías, si no incluso de Gaditano. Incorporar fotografías mediante narras, provocas en el lector seguridad en la lectura y además puedes llegar a sorprender, ya que, muestran paisajes fascinantes. Sin más que añadir, Un saludo. Isabel Gutiérrez.

    08/04/2012 17:21

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