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Berrea en Ruahine Rangers,....pechos y piernas.

Berrea en Ruahine Rangers,....pechos y piernas.

Enviado por Miguel Gómez Sel el 20-04-2011

Esa noche el refugio estaba lleno, sólo quedaba una cama libre, la echamos a suerte y me tocó a mi, el resto durmió en el suelo con los aislantes, algo duro pero por lo menos calentito. Cómo estábamos un poco hartos de comida deshidratada nos comimos los lomos y una se las patas de la cierva, todo un festín compartido con el resto de los cazadores... y lo mejor de todo fue la botella de vino tinto neozelandés que sacó uno de ellos, no dio para mucho pero supo a gloria ¡Muchas gracias Jimmy de Hamilton!
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Hace un par de semanas y ansiosos por volver un año más a cazar en durante la berrea, Harald, Richard, Tim y yo, nos pusimos en la tarde del jueves 31 de marzo rumbo a Rhuaine Rangers, una cordillera que se eleva desde la región de Manawatu hasta Hawks Bay, más de 250.000ha de puro bosque neozelandés a nuestra disposición, cargado de animales y de pechos rompe piernas... lo único que teníamos que hacer es ir a por ellos.

Con todo preparado desde la noche anterior, recogimos a Richard y a Tim... en una hora estábamos frente a los Rangers en un aparcamiento habilitado por el DOC (Department of Conservation www.doc.govt.nz) para visitantes, desde ahí hasta el primer refugio donde pasaríamos la noche teníamos cinco horas de camino con 20 kilos en la espalda... para ser la primera caminata de la temporada estaba bien... lo malo fue que en vez de cinco horas lo hicimos en 2.45h., se notaban las ganas de campo... llegamos muertos. El camino se compone de pechos de 30 a 60 metros que tienes que subir ayudándote de las manos y los siguientes tienes que poner el culo en el suelo para bajarlos, tremendo desgaste y esfuerzo.

La última hora de camino la hicimos con la linterna en la cabeza, la temperatura bajó al irse el sol y el bosque tornó a sombras y formas que aludían a un escenario de una película de terror, sin duda el mejor escenario natural de belleza indescriptible, helechos, musgo, zonas cenagosas, vegetación colgante... cada rincón es digno de la aparición de un duende.

Al llegar al refugio nos encontramos con Paul, carpintero y un cazador experimentado de la zona que ahora vivía en Perth, Australia, había venido un año más a cumplir con su compromiso con la berrea, estaría tres semanas en el refugio cazando y disfrutando, con su pequeña linterna en la cabeza y su buen libro para relajarse después de cazar. El “hut” o refugio elegido era el famoso Iron Gate, refugio conocido por todos los cazadores por estar enclavado en una de las mejores zonas y que proporciona un buen número de rutas muy apreciadas por la gran densidad de animales. Al tener una larga caminata de acceso no suele haber tanta presión como al principio de la sierra. Nosotros, frescos y con ganas, queríamos ir un poco más allá, a otras cuatro horas de allí se encontraba otro hut, llamado “Triangle”, partiríamos por la mañana para aprovechar y cazar hasta llegar allí, pasar la noche y seguir cazando por la mañana en aquella zona, mucho más remota y con aun menos presión.

Encendimos la pequeña salamandra, fuimos a por agua al río a escasos veinte metros y nos pusimos cómodos... una cena a base de comida deshidratada que nos entonó bastante y a dormir. A las 4.30 había que levantarse, preparar el desayuno y aprovechar la noche para hacer camino, hasta coronar el risco que nos llevaría hasta el siguiente refugio había una hora y media de pura subida y queríamos estar allí para escuchar la temprana berrea y localizar los animales.

A las 6.45 estábamos en la cima del risco, apartados del ruido del cauce del río. Nos sentamos a descansar después de la subida y mientras bebíamos un poco de agua nos berreó el primer bicho a en nuestros propios pies. Entre nosotros y éste había una pequeña cañada y unos 180 metros... Le contestamos a su llamada con el cuerno de buey y contestó, esperamos unos minutos e hicimos otra llamada, contestaron otros tres más abajo, al poco tiempo se callaron y el que estaba cerca contestó pero lo sentimos bastante más lejos, decidimos no entrarle, el aire no estaba de nuestra parte y buscar una mejor entrada sería arruinar el rececho, habría que esperar el viento del día, con la subida del sol el viento se entablaría y entonces podríamos ir a por él.

Pasó una hora, marcamos las posiciones en el gps (fundamental herramienta) y seguimos camino hacia el refugio, aun teníamos por delante tres horas que discurrirían por el cauce del río, todo un reto para los tobillos y pies ya que lo cruzamos infinitas veces, botas mojadas para el resto del fin de semana, cosa muy normal aquí en Nueva Zelanda, entonces comprendí por qué Harald bromeaba a la hora de hacer la mochila con el número de pares de calcetines, al final me faltaron.

Al llegar lo primero fue encender el fuego y cambiarnos de ropa, un par de horas de descanso y algo de comer... descansaríamos para luego ir a coger posiciones para esperar la berrea al anochecer. Ya habíamos marcado varias zonas donde habían berreado algunos venados, por lo que sólo quedaba coger fuerzas y entrarle a alguno.

Nos pusimos en marcha a eso de las cuatro de la tarde. Retrocedimos por el cauce del río hasta llegar debajo de donde habíamos marcado en el gps. Delante teníamos una pared de unos 40 metros que había que subir, era el acceso más directo para poder entrar con el viento de cara. Harald se adelantó con una cuerda de escalada, la fijó y los demás subimos poco a poco. Nos sentamos en la cornisa de la pared y decidimos esperar un poco. A los veinte minutos, a escasos 25 metros vimos bajar una cierva hacia el río, cautelosa se paraba y seguía hacia su querencia, … si la cierva estaba allí el macho no estaba lejos, esta bebió, pastó un poco en las hierbas que había en la rivera y la perdimos de vista por un codo del río.

El macho debía andar cerca, nos metimos un poco en la mancha de helechos y árboles. Llegamos a un revolcadero muy tomado y alrededor toda media mata vertical estaba hecha trizas de rascarse algún macho, estábamos en buen sitio, era pronto aun, nos colocamos y esperamos a oírlo berrear. Estuvimos allí hasta que empezó a anochecer, entonces berreó. Lo sentimos a unos cien metros, lo llamamos con el cuerno y el siguiente berrido fue a escasos cuarenta metros, los escuchábamos pero ya apenas se veía, el viento lo teníamos de cara pero entre lo cerrado del monte y la oscuridad no pudimos nada más que llamarlo otro par de veces hasta que se puso como a diez metros, podíamos olerlo y berreó con fuerza, fue toda una experiencia, nosotros allí tumbados en el suelo y escuchando al animal pateando el suelo... no pudimos disparar, ni siquiera ver cómo era, pero mereció la pena, todo se calmó y escuchamos un siguiente berrido bastante más lejos, encendimos las linternas y nos fuimos caminito al refugio, habría que intentarlo por la mañana otra vez.

El camino al refugio fue largo, frío y muy mojado, contando con alguna caída en el río con lo que me puse hasta arriba de agua, menos mal que en el hut, en los 20 kilos de mochila, tenía ropa seca de sobra... Llegamos reventados, le metimos caña al fuego y cenamos otra buena ración de comida deshidratada acompañada de un par de tazas de chocolate caliente que nos hizo recomponer un poco, tardamos muy poco en quedarnos fritos, el día había sido largo y el esfuerzo físico bastante grande.

Se nos pegó un poco el saco de dormir y nos despertamos a eso de las 6. Desayuno y el momento más desagradable del día, volver a ponerte las calcetas mojadas del día anterior y ponerte las botas. Era gracioso, todo el mundo descalzo preparando todo para partir y mirándonos las caras porque nadie quería ponerse las botas, se te descompone el cuerpo hasta que empiezas a andar y se calientan un poco las botas húmedas.

Estábamos en plena zona de caza, es normal salir del hut y que te encuentres algún venado bebiendo en el río a horas tan tempranas o pastando en las hierbas de la rivera, esta vez no dimos con ninguno pero nada más salir del refugio, cerrojazo y rifle listo.

A escasos cien metros del refugio el río se convertía en una cascada que tuvimos que escalar por su testero, trincando helechos y usando las cuatro manos, en un momento ya estaban las botas calientes, superamos la cascada y empezamos a subir el pecho.

Después de una sudorosa subida y tras hora y media, andando como los indios sin hacer ruido, llegamos a una pequeña meseta que hacía el monte, nos encontramos con otro revolcadero no muy tomado, estábamos otra vez en zona caliente. El ruido del río había desaparecido, eran las ocho de la mañana y se escuchaban algunos bichos berreando en la lejanía, ninguno accesible, decidimos tomarnos un respiro, un poco de agua y una chocolatina... teníamos que esperar a escuchar alguno para poder entrarle. Empezó a llover y fuerte, la espera se hizo un poco pesada pero llevábamos buena ropa de agua. Estuvimos una hora y media esperando pero sin suerte, puede que la lluvia aliviase un poco las ganas de “juerga” de los venados, el caso es que decidimos seguir el lomo del testero y movernos hacia otra zona donde el año pasado Richard y Harald habían tenido muchos venados berreando, menos mal que estaba todo en el gps, porque una vez que te metes en bosque todo es igual y no tienes puntos de referencia, te pierdes a la primera de cambio. Se nos cruzaron dos varetos y otra cierva, pero no quisimos tirar, teníamos todo el día por delante y no queríamos armar mucho follón.

No escuchamos ninguna berrea y decidimos retirarnos y bajar al refugio a comer algo, secarnos y esperar a la caída de la tarde para probar suerte con el venado del día anterior, tenía que seguir allí y había que intentarlo.

La bajada al refugio nos dejó extenuados, mucha pendiente y monte muy cerrado, sin duda prefiero subir que bajar, al llegar las piernas pasaban factura y nos temblaban.

Cerca del refugio, en el río que teníamos delante, nos encontramos con una pareja de patos azules, se nota que no saben ni lo que es un persona, nos sentamos a verlos, preciosos al igual que protegidos, son una especie en extinción. En una poza contigua nos encontramos dos truchas de más de kilo y medio alimentándose del torrente que llenaba la poza...

Empapados llegamos al refugio, comimos y descansamos las piernas para poder recechar por la tarde, nos esperaba otra buena caminata por el río hasta llegar de nuevo donde el día anterior.

A las 5 de la tarde estábamos encaramados otra vez en la misma cornisa del día anterior, esta vez sabíamos donde estaba el animal, nada más subir y anular un poco el ruido del río lo escuchamos berrear, ya no llovía y se escuchaban algunos más un poco más alejados.

Decidimos llamarlo y respondió, nos tumbamos debajo de los helechos a esperarlo, el viento estaba un poco de lado pero aun nos favorecía.

Tardó en aproximarse, había más bichos berreando en la misma zona pero se decidió por nuestra llamada, Harald tiene mucha experiencia y supo hacerlo venir. Lo sentíamos a unos cuarenta o cincuenta metros, estaba bastante caliente y escuchábamos como arrancaba de vez en cuando, seguramente siguiendo alguna cierva. Le hicimos una nueva llamada y al momento lo teníamos encima, no creo que hubiese ni cinco metros, pero otra vez no quería romper, olía a bicho fuerte. Ese mantuvo entre cinco y diez metros durante al menos diez minutos, queríamos que se relajase un poco para volver hacer ruido y que se nos metiera delante, aunque parezca mentira aun no lo veíamos por lo cerrado del monte, la espera fue indescriptible, yo escuchaba el bicho a la vez que sentía que me tenía el corazón en la boca, el arma cargada y con el seguro quitado para disparar en cuanto apareciese... tac tac, tac tac, tac tac,.... Otro macho berreo al otro lado e hizo que se alejase, escuchamos como se retiraba y al momento escuchamos el chasquido de las cuernas, se estaban peleando allí mismo, fue de lo más emocionante que he vivido nunca, sobretodo porque teníamos que llamarlo nada más terminar, si no lo hacíamos lo podíamos perder.

 

 

 

Lo volvimos a llamar y se arrancó hacia nosotros, rompiendo monte como cuando viene acosado por los perros en una montería,... de pronto se paró, el viento giró por un momento, nos tomó el viento y lo escuchamos correr monte arriba... nos quedamos de piedra, nos había olido y desapareció en cinco segundos. Esperamos y esperamos pero ya no había nada que hacer, podíamos dar por terminado el rececho, linterna en la cabeza y de vuelta al refugio por el río...

Aunque no pudimos disparar por segunda vez, para mi, fue una de las experiencias más reconfortantes, recechar durante la berrea, que un animal te conteste, tenerlo delante cabreado y sentirlo... una vez más me daba por satisfecho, bolo pero satisfecho.

 

Ya calentitos en el refugio recordábamos el lance y todos nos fuimos con una sonrisa en la boca a la cama, extenuados pero con un sabor que sólo sabemos disfrutar los que somos cazadores... estando en la cama me acordé del programa “21 días de caza”... pensé...¿cómo va a ser capaz de saber esa periodista lo que es la caza en 21 días... es imposible, ¡cazar no es matar mujer de dios!

Nos despertamos y recogimos el refugio y nuestras cosas, buscamos leña para recargar la leñera (es obligatorio llenar la leñera para el siguiente que venga tenga leña seca y dejar lo que te quede de comida no degradable en el refugio para el siguiente que venga), y nos fuimos siguiendo el río de vuelta hacia Iron Gate, donde pasamos la primera noche. Fuimos despacio y cazando, a los lados del río hay zonas de antiguos desprendimientos donde las reses salen a pastar el las horas tempranas del día y por la tarde. Fuimos aprovechando el ruido del río y escondiéndonos en cada recodo, aunque no habíamos conseguido ningún venado queríamos llevarnos algo de carne para llenar la nevera.

Tim, el más joven se colocó delante, nosotros unos cincuenta metros atrás, nunca había tirado un venado cervuno y lo dejamos que fuese delante.

Llegamos a las pozas donde habíamos visto las truchas el día anterior, nos quedamos a ver si las veíamos otra vez y mientras estábamos allí sentados nos sorprendió un tiro. Sin pestañear Tim se había empatillado una cierva, estaba efectivamente pastando en uno de los “slips” o zonas de desprendimientos.... Rodó hasta el río, lo hicimos novio allí mismo y la metimos en el morral, a la media hora nos encaminamos y seguimos andando, habíamos hecho carne y por lo menos la pateada no había sido en vano.

Llegamos atardeciendo, tardamos siete horas entre paradas para escuchar la berrea, comer, el despiece de la cierva,... echamos el día.

Esa noche el refugio estaba lleno, sólo quedaba una cama libre, la echamos a suerte y me tocó a mi, el resto durmió en el suelo con los aislantes, algo duro pero por lo menos calentito. Cómo estábamos un poco hartos de comida deshidratada nos comimos los lomos y una se las patas de la cierva, todo un festín compartido con el resto de los cazadores... y lo mejor de todo fue la botella de vino tinto neozelandés que sacó uno de ellos, no dio para mucho pero supo a gloria ¡Muchas gracias Jimmy de Hamilton!

Por la mañana esperamos que calentara un poco el sol y nos fuimos por donde habíamos venido, otras cuatro horas con mochilas y carne, las piernas ya empezaban a parecerse a las de Roberto Carlos...venga pechos y venga piernas otra vez de vuelta.... menuda experiencia y mejor sabor de boca.

 

Un saludo y buenos tiros

 

Miguel Gómez Sel

Land of Dreams Ltd.

 


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