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Ninguna como ésta… o de cómo perder doce años en un instante (II)

Ninguna como ésta… o de cómo perder doce años en un instante (II)

Enviado por Fco Álvaro Ruiz de Guzmán-Moure el 01-12-2011

El celo aprieta, y no sólo a los que habitan en jaulas. Todo cuquillero se siente enjaulado cuando los reclamos y las camperas están en pleno apogeo para iniciar la guerra y por circunstancias de la vida uno no puede darles rienda suelta en el campo...
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El celo aprieta, y no sólo a los que habitan en jaulas. Todo cuquillero se siente enjaulado cuando los reclamos y las camperas están en pleno apogeo para iniciar la guerra y por circunstancias de la vida uno no puede darles rienda suelta en el campo.

Por eso, los días que transcurren hasta que se puede uno «liberar» de su jaula se hacen interminables y el día D, más lejano.

Así pasaban mis días desde el anuncio del arrendamiento de la finca hasta el primer viaje que hice a ella, cuando ya contábamos los doce días desde el inicio del período hábil para cazar el reclamo. No cabía en mí de ilusión cuando el viernes cogí el AVE hasta Puertollano donde me recogía mi padre. Una vez allí y ya de noche nos dirigimos al cortijo, donde no tardé en tomarle querencia a la chimenea. Por la mañana, la niebla dejó en un amago el puesto de alba que pretendía dar con Aceitunero, y volví pacientemente a tomar un bocado y pensar el elegido para el puesto de sol.

—Mira ese de ahí, es el JR, puedes darle una oportunidad y así no empiezas a sacar de más al Aceitunero

—Papá, le sacaré a que le de el aire y el sol, porque ya sabes tú lo que me gustan a mi estas griegas... (algunos ya conocéis mi actitud reacia a los reclamos de granja, en su gran mayoría híbridos, como era el caso de este JR)


Tras recorrer el inmenso llano donde vimos varios pares, me quedé al lado del sitio que me había dicho mi padre, y él se colocaría no demasiado lejano, lo justo para que no hubiera escucha entre los dos reclamos. Él llevaba al Avileño II, que iba a darle un año de alegrías y buenos lances.

Vísteme despacio que tengo prisa, es lo que pensaba cuando los cantos cercanos de los machos salvajes parecían incitarme a acabar los preparativos cuanto antes y comenzar el puesto. El aguardo estaba en el filo que diferenciaba el monte de la siembra, y el tanto ya se ubicaba en la siembra, con el pájaro mirando hacia lo sucio para no ver los pares lejanos en el llano que casi se perdía de la vista.

Tras halagar a JR y darle su tiempo, me metí en el puesto. Este año había cambio de escopeta. La Sarasqueta del tío abuelo Manolo me acompañaba, algo gastada por los años de campeonatos de tiro al plato y las jornadas camperas de las que había sido partícipe, no podía permitirme otro fallo como el del celo anterior y opté por dejar en casa mi paralela del .410 y tomar partido por la artillería pesada.

Me dolió en los oídos el primer canto de mayor de JR, distorsionado y rematado con un cuchichío que a buen seguro es candidato a melodía del Apocalipsis. El pájaro trabajaba aunque no con demasiado criterio y sentido, pero lo suficiente para mantenerme atento al tanto y a la plaza. Escuchaba muchos pájaros a mis espaldas y a los lados, justo donde no podía verlos entre el monte. De repente sonó un tiro muy cercano, sin duda de mi padre a Avileño II.

En la siembra sólo se oía algún par alejado. A la media hora mal contada de puesto veo al pájaro suavizarse, y sin pasar más de cinco segundos, entra un macho por la izquierda, escudado y grande, un señor pájaro. Esta vez los nervios no pudieron dominarme y, aunque aparecieron, me dediqué a contemplar aquel adalid dando vueltas al tanto de JR que, aunque muestreaba levemente, no perdía la compostura en ningún momento. No podría contar el tiempo que pasó hasta que decidí que aquella historia tenía que tener un ganador, pero esta vez el nerviosismo dio paso a una relajación y confianza que me sorprendieron, podía pensar y obrar con juicio cómo iba a ser el lance sin perder el control del mismo. Esperé pacientemente el momento, cuando andaba por la espalda del tanto aproveché para encararme la escopeta, y cuando a las pocas vueltas después se colocó a la izquierda del tanto, de espaldas a mí y mirando hacia JR, comprobé que éste estaba recibiendo, apunté con decisión y buen pulso al punto donde cuello y espalda pierden el nombre, y apreté el gatillo con confianza.

En ese momento se me pasó por la cabeza el macho que le fallé a Aceitunero, pero esta vez el campesino cayó como un trapo, como si de un sueño se hubiese tratado, fulminado por el disparo. La alegría, aunque inmensa, no me cegó, y aproveché para cargar lo más sigilosamente que pude la escopeta y volver a centrarme en JR que ya enterraba a la primera perdiz de mi vida. Tras subirse un poquito se vuelve más meloso y tranquilizador en sus cantos, y al poco la hembra hace acto de presencia. No supe medir su grado de celo, que era bueno, y quise asegurarla cuando llevaba no más de medio minuto en plaza, por si me malograba la faena.

Se me olvidó que el «animal racional» tiene la habilidad de malograr todo lo que toca con una rapidez y sencillez de récord. Cuando estaba de lado, a la derecha del tanto y mirando al macho muerto, disparé con decisión, pero con prisa, lo que me llevó a malherir a la hembra que comenzó a revolotear. No era un revoloteo de último suspiro, sino que se prolongaba e iba desplazando a la perdiz por la plaza, por lo que no tardé en tirar con el izquierdo y acabar con aquel mal ejemplo tanto para mí como para JR. Cosas de estos pájaros biónicos, al vil bellaco pareció alegrarle la visión de la hembra aleteando y se puso a dar de pie de manera machacante, lo que me llevó a decidir que con estos pájaros no existen cánones ni normas, tanto para bien como para mal.

Tras una hora de cantos fuertes y silencios cada vez más alargados, y cuando el sol calentaba ya el lomo, me salí del puesto y no mostré las piezas al reclamo, pues si se ponía mas fuerte me iba a negar a sacarlo más, o a hacerlo con tapones en los oídos. Me senté en el suelo y pensé en todo el camino que había recorrido hasta allí, en las personas, muchas buenas y algunas no tanto, con las que había tratado en este mundillo, de los pájaros que me habían enseñado tanto, del tiempo que parecía haberse parado y concederme unos minutos para gastar en mi burbuja, que a buen seguro ocupaba más que el coto e impedía a nadie romper ese momento mágico para mí. Pensé en el segundo mal tiro, pero la adrenalina me podía y lo dejé en asuntos pendientes, y me dediqué a recrearme tumbado en la plaza, como aquella vez que lloraba inconsolable con Aceitunero acompañándome, pero esta vez experimentando el polo opuesto. El sonido de un motor rompió mi burbuja, y me levanté presto con las perdices en la mano hacia mi padre, con el que me fundí en un abrazo interminable.

Le relaté lo ocurrido y tras recoger los utensilios nos dirigimos al cortijo. Saboreé el momento con Juanma, mi padre y Antonio y con todos aquellos con los que hablamos vía móvil. Agradecí en mis adentros a JR el trabajo realizado, por más que no me agradaran sus maneras, y me acordé en especial de mis tíos Sebastián y Gabriel y de mi abuelo Pepe, que desde arriba a buen seguro me veían y con los que algún día, Dios sabe cuando, habré de conversar sobre este y muchísimos más lances e historias que me vayan llegando. Pero ninguna como esta. Ninguna.

Dedicado a mi padre y a mi tío Sebastián(d.e.p.)

Fco Álvaro Ruiz de Guzmán-Moure


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